sábado, 12 de marzo de 2011
En la punta del ojo
Por fin las lágrimas del cielo habían aflojado las que hacía tiempo se apretujaban en su garganta. Se sintió aliviada.
Había recurrido a los recuerdos más profundos para sacarlas pero ellas tenían vida propia y sabían que había sólo un momento en que podían salir.
Lo que la aturdía era no saber que las detenía. Necesitaba sacarlas, estrujarlas con todas sus fuerzas y extraer con ellas una angustia que le oprimía el pecho.
Pero ellas tenían vida propia. Quizá más propia que la de su persona.
Esa tarde el cielo ardió. Se le nubló la vista mientras las gotas se agolparon en los lagrimales queriendo salir sin orden. Un trueno las alborotó aún más.
Ellas ebullieron como si hirvieran a una temperatura inmensurable y se desparramaron sin verguenza.
Una paz sin precedentes se apoderó de su cuerpo y de algo que algunos llaman espítiru.
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