Se sintió sofocada.
Esa tarde se sintió sofocada de todo.
De las preguntas, las insistencias y los prejuicios.
De la postura.
Del humo.
Abrió la puerta y corrió hacia el bosque.
Se sacó una a una sus prendas y se adentró en el bosque.
Corrió hasta el centro más oscuro, húmedo y lleno de energía viva.
Sólo le quedaba una pulsera de aluminio muy delgada que alguna vez le había regalado su abuela. Se detuvo. Miró la muñeca. Miró el cielo y se dió cuenta que ni eso necesitaba. Se la quitó y comenzó a correr como si tuviera alas.
Allá, fuera del bosque, nunca más la vieron.
Adentro tampoco.
Dicen que lo logró. Dicen que logró sacarse el encierro y convertirse en soplo.

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